martes, 10 de junio de 2008

La voz de la experiencia

Para ir culminando una serie de entradas onanistas, terminaré por el principio, por ese punto común que tenemos todos l@s mortales.
Recuerdo cuando empecé, a la misma edad que tantos otros a descubrir la complejidad de nuestro cuerpo y a conocernos a nosotros mismos. Por aquél entonces intentaba estar más tiempo eyaculando que respirando, ya saben, cosas de la novedad cuando descubres algo nuevo y sólo piensas en el momento en el que puedes tener un poco de intimidad para frotar la lámpara mágica. Intentábamos arreglarlo todo con la masturbación, ya fuese un dolor de cabeza, el nerviosismo o el insomnio. A más de uno se le ha pasado por la cabeza hacer apuestas consigo mismo, como llenar una botella pequeña de agua en in fin de semana. He de reconocer que a mí nunca se me ha pasado por la cabeza, aunque debe ser gracioso estar todo el día pensando en lo mismo y aprovechar tu resultado para enseñárselo orgulloso a tus amigos para ser más que nadie. Quizás eso de la botella era un paso adelante, un intento de superación en tu propio mundo del sexo, y a otros nos dio por menearnos en algún lugar público, ya fuese una playa o un parque, aprovechando la soledad que nos ofrece la noche (alevosía y nocturnidad) al acecho de una vecina. Aún recuerdo algún que otro momento de esos cuando paso por “la zona candente”, miro el lugar donde cayó el proyectil por si sigue vivo a pesar de los años, y agacho la cabeza pensando: “cosas de críos”, con la mala suerte de que mi firma más personal e intransferible no quedó grabado de forma permanente como si un rotulador se tratara.
Si empezó como una obsesión por la novedad, al cabo de los años la función terapéutica fue tomando valor. Llegaban esos momentos en los que no eres ni adulto ni niño, con los problemas que acarrea. Una vida cada vez más nueva, pero siempre tenías a mano esa técnica que nunca te había fallado en los peores momentos. Si ilegalizasen la masturbación tal y como tienen a la marihuana, no sé a qué nivel de locura hubiese llegado este mundo que vivimos. No es una broma, en momentos de excitación y nerviosismo siempre miramos a nuestros sexos y se nos pasa por la cabeza hacerlo aunque haya gente delante con tal de quedarnos tan tranquilos, pero el pudor y la lógica nos puede.
Al final tomas la equivocada decisión de que eso ya debe quedar en el olvido y que la masturbación en general es una “cosa de críos”, no sólo la del parque, sino las mil y pico que te has hecho en tu vida llegada cierta edad. Hagan cuentas, seguro que llegan a la mágica cifra. ¿Quién puede pensar que una cosa que te ha dado tantos beneficios corporales puede pararse en seco? No conozco a nadie que hable mal de ese acto tan mágico, salvo los ultracatólicos. No saben lo que se pierden, aunque más de uno albergará la hipocresía como uno de sus principios “morales” y sepan de lo que les hablo mientras se la cascan en el aseo de un colegio del Opus. Sus profesores no son menos, tranquilos, también dominan “algo” el tema.
Son muchos años como para dejar esta fiel práctica, demostrada como saludable por científicos disminuyendo el riesgo de cáncer de próstata. Cuando certifiquen aquellas leyendas urbanas de que seca el cerebelo, ya me lo pensaré y consideraré mi posición, pero mientras, déjenme acudir al baño a terminar lo que empecé, total, hasta el genial poeta portuense Rafael Alberti contó sus primeras experiencias en el mundo del amor propio en su libro “La Arboleda Perdida” y llegó casi a celebrar su centenario (1902-1999). ¿Será que la masturbación prolonga la vida a pesar de lo que dicen los ultracatólicos? Lo comprobaré, y dentro de muchos, muchísimos años les contaré el resultado.

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